Comprado nuevo hace 40 años por su padre, su hijo sigue conduciendo su Lamborghini Countach: "Lo conservaré hasta el día en que no pueda conducir más".

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Cuando Anthony abre la puerta de su garaje y enciende el motor, no es sólo un V12 el que cobra vida. Es una historia familiar que se remonta casi cuarenta años atrás la que vuelve a la vida. Su Lamborghini Countachcomprado nuevo por su padre en 1987, nunca ha salido de la familia. Y todavía hoy lo conduce él.

En aquella época, poseer un Countach era casi irreal. Rojo brillante, alas anchas, silueta futurista, motor V12 gritando detrás de los hombros: era imposible pasar desapercibido. "Era uno de los mayores iconos automovilísticos de la historia", recuerda Anthony. Su padre acababa de entrar en un club muy exclusivo, el de los propietarios de los supercoches más espectaculares de su época. Anthony era sólo un adolescente cuando el Countach llegó a casa. Los había visto antes, gracias a los amigos de su padre, pero este era diferente. Este era suyo. Poco sabía que este Lamborghini seguiría formando parte de su vida casi cuatro décadas después.

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Un Countach como soñamos

El Countach 5000 S de 1987 se entregaba con sus aletas anchas, parachoques trasero americano y delantero europeo, modificado nada más llegar a suelo norteamericano. Sobre todo, contaba con uno de los elementos más emblemáticos del modelo: el alerón trasero, instalado como opción de fábrica. Sólo el alerón costaba 4.000 dólares, por un precio total de 136.000 dólares de la época. Una suma colosal en 1987, pero que hoy parece casi irrisoria comparada con el valor alcanzado por los Countach que se mantuvieron originales. El coche nunca ha sido restaurado. Los asientos muestran una ligera pátina, el volante de cuero ha envejecido, pero no se ha maquillado nada. Todo ha permanecido auténtico, cuidadosamente conservado, como congelado en el tiempo.

Un supercoche... que conduce de verdad

A diferencia de muchos Countachs que se han convertido en piezas de museo, este ha vivido. Y mucho. El cuentakilómetros marca más de 51.000 millas (82.000 km), casi todas conducidas por el padre de Anthony. Viajes entre Toronto y Montreal, salidas regulares, mantenimiento riguroso. "Lo conducía mucho", dice. Motor fuera para revisiones importantes, correas, bomba de agua, mantenimiento serio... pero nunca una avería importante. Lo que resulta casi increíble para un coche italiano de su edad es que el aire acondicionado siga funcionando, sin siquiera haber sido recargado. Anthony, por su parte, creció con el Countach. Cuando tenía 16 años, su padre le dio las llaves. Aprendió a entenderlo, a dominar el embrague y a respetar la máquina. ¿Y para el baile de graduación? El Countach. Sin dudarlo. "Era el coche del baile. A mi cita le encantaba.

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¿Ferrari Testarossa o Lamborghini Countach?

El padre de Anthony no era un hombre de una sola marca. Después del Countach, también compró un Ferrari Testarossa. Pero el kilometraje habla por sí solo: el Lamborghini era claramente el favorito. Y aún hoy, cuando se le pregunta a Anthony si debería quedarse sólo con uno, la respuesta es inmediata: el Countach, sin pensárselo dos veces. A lo largo de los años, las ofertas para comprar el coche se han multiplicado. Todas rechazadas. "Ni se me pasa por la cabeza venderlo. Lo conservaré hasta el día en que no pueda conducir más.

En la carretera, el Countach es un recordatorio inmediato de que viene de otra época. Ruidoso, caluroso, estrecho, radical. Sin ayudas electrónicas, sin filtros. Sólo la mecánica. "Siempre ha sido crudo", explica Anthony. Con su motor V12 atmosférico de 5,2 litros y 354 CV, sobre el papel parece casi sensato comparado con los supercoches modernos. Pero en los años 80, sus prestaciones eran de ensueño: de 0 a 100 km/h en menos de 6 segundos y una velocidad máxima de casi 275 km/h. "Es rápido... como en los 80", sonríe. Ha conducido Lamborghinis modernos, mucho más rápidos, cómodos y eficientes. Pero ninguno de ellos le produce esta sensación visceral, esta conexión directa con la máquina.

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Un icono que atraviesa generaciones

Incluso hoy, el Countach atrae miradas, los teléfonos suenan y los transeúntes se detienen. Igual que en 1987. Hay cosas que nunca cambian. Sentado al volante, con la cabeza rozando el techo, Anthony no busca la perfección. Busca la emoción. Y este Lamborghini, con sus defectos, su ruido, su calidez y su carácter, le sigue dando exactamente lo mismo. Y mientras Anthony pueda girar la llave, este Countach seguirá rodando.

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