
A veces, las mejores inversiones no se hacen delante de una pantalla, sino en un garaje. Eso es exactamente lo que descubrió el aficionado británico al motor John Clower cuando su hijo le dijo algo tan sencillo como contundente: deja de perder dinero en bolsa... ¡y cómprate un coche! Ferrari F40.
En aquel momento, la idea parecía casi irracional. Pero iba a cambiarle la vida. En lugar de seguir viendo fluctuar sus inversiones, optó por algo tangible, emocional, vivo: un coche que podía mirar... y sobre todo conducir.
Un icono elegido para ser utilizado, no guardado bajo llave
Cuando John sale en busca de su Ferrari, duda. F50, Las opciones eran infinitas. Pero rápidamente se decidió por el F40. No por su valor potencial, sino por lo que representa. Para él, era “el” Ferrari. Un coche en bruto, diseñado como un auténtico coche de carreras homologado para la carretera, nacido del deseo de Enzo Ferrari de crear el coche más rápido del mundo. Una máquina sin concesiones, capaz de superar los 320 km/h en una época en la que pocos se atrevían.

A diferencia de muchos coleccionistas, John rechaza los coches demasiado perfectos y que se han conducido muy poco. Quiere un coche con el que pueda vivir. Acabó comprando el suyo en 2009, con un kilometraje razonable... y un historial, incluido un prestigioso antiguo propietario: Sir Anthony Bamford (empresario y antiguo miembro de la Cámara de los Lores del Reino Unido).


Una relación construida al volante
El día que se puso al volante de su F40 por primera vez, no fue en una tranquila carretera rural, sino directamente en el circuito de Silverstone. Fue un comienzo radical, como el propio coche. El F40 no es un supercoche fácil. Frío, es casi brutal. Dirección firme, caja de cambios exigente, comportamiento impredecible. Pero una vez calentado, revela una cara completamente diferente: preciso, intenso y adictivo.

Con el tiempo, John aprende a entenderlo y respetarlo. No lo guarda bajo una funda, conduce con él. No mucho, por supuesto, pero lo suficiente para crear recuerdos. Y esa es la diferencia.



Más que una inversión: una filosofía
A lo largo de los años, John y su hijo han acumulado varios Ferraris: 550 Maranello, 599 GTO, 458, Sin olvidar algunos Lamborghinis e incluso un McLaren 675LT. Unos quince modelos en total. Pero ninguno de ellos sustituye al F40.

Porque a pesar de todos los avances tecnológicos, ninguno ofrece esta mezcla única de brutalidad y pureza. Un coche sin asistencia, sin filtro, donde cada sensación es directa. Fue esta paradoja la que le hizo reflexionar: conservar el F40 como pieza de coleccionista... o seguir disfrutando de él. Al final, optó por un compromiso, comprando otros modelos más modernos para utilizarlos más, mientras mantenía el F40 como su obra maestra.
Sigue conduciendo a más de 80
Hoy, más de 15 años después de su compra, John sigue siendo propietario de su F40. Y, sobre todo, sigue conduciéndolo. Un detalle simbólico resume su estado de ánimo: incluso se ha atrevido a modificar su coche, sobre todo cambiándole el color, prueba de que no lo considera un objeto sagrado e intocable.

A sus más de 80 años, encarna una rara visión de la pasión automovilística. No se trata de acumular, sino de disfrutar. Una que prefiere los recuerdos a la especulación.
“Los coches están hechos para conducir”
Su mensaje es claro: no tiene sentido poseer un coche excepcional sólo para mirarlo. Incluso un F40 merece vivir, conducir y ser escuchado. Y en cierto modo, su hijo siempre tuvo razón. Desde 20099, el valor del Ferrari F40 se ha multiplicado por diez. Pero la ganancia no es sólo financiera. Está en cada salida, en cada aceleración, en cada mirada intercambiada con quienes pasan junto a este icono.

