Comparte su pasión por Ferrari con su hija, y entonces ella se pone al volante de su 599XX: "quizá no debería dedicarme a esto".

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Para algunos, Ferrari es un símbolo de éxito. Para otros, es una obsesión por los V12, el carbono y el rendimiento extremo. Para Ken Modell, un apasionado coleccionista y cirujano LASIK de Nueva York, Ferrari es mucho más que eso. Es un hilo conductor. Una historia familiar. Una emoción que atraviesa generaciones.

"Ferrari siempre ha sido más que un coche", explica. "Estos coches te piden más, pero te lo devuelven multiplicado por cien: el sonido, la velocidad, la emoción... Estimulan todos tus sentidos". Detrás de estas palabras no hay nada abstracto. En el despacho de su casa, rodeado de sus coches, Ken trabaja cada día con lo que él llama su "inspiración". Un entorno que dice mucho del niño de 10 o 12 años que fue.

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Si hoy pudiera llevar a este joven Ken a su garaje y enseñarle lo que ha construido, la reacción sería sencilla: "Se desmayaría". La pasión de Ferrari no se improvisó. Maduró a una edad muy temprana, a partir de la adolescencia, mucho antes de disponer de medios económicos. Mentalmente, la colección comenzó a los 12 años. En términos prácticos, abarca ya más de 30 años de relación con la marca de Maranello. Y a pesar del paso del tiempo, a pesar de la supuesta costumbre, un ritual permanece intacto: el mejor momento de la semana es cuando arranca el motor.

Los coches que elige no son insignificantes. Son los más viscerales, los que "te hacen sentir vivo". Una filosofía que explica la presencia de modelos legendarios en su colección, como el F40, capaz todavía, 36 años después, de acelerar el corazón de cualquier entusiasta. O el LaFerrari, que describe como la cima absoluta. "¿Qué puede haber mejor que un V12 en posición central, justo detrás de ti, con tanta belleza exterior, que tienes el privilegio de poseer?".

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Pero la historia adquiere una dimensión más íntima cuando habla de su familia. Ser miembro de programas como Corse Clienti o Club GT no sólo le ha permitido conducir en circuitos o viajar por el mundo. También le ha acercado a su hija Samantha. Uno de sus recuerdos más vívidos es el de Italia, viendo a su hija ponerse al volante de su 599 XX. Fue un momento cargado de tensión y emoción. "Estaba temblando. Pensaba: quizá no debería estar haciendo esto...". Y luego está esta frase, de su propio padre, como un eco entre generaciones: ¿Por qué no? ¿Por qué no debería poder conducir este coche, como cualquier otra persona? Samantha lo hizo. Con velocidad, control y confianza. Y ese día, Ferrari se convirtió en un lenguaje común entre padre e hija.

A lo largo de los años, las cenas con los socios del club, los eventos y los viajes han dado forma a mucho más que una red de coleccionistas. Han contribuido a formar al hombre: el hombre de negocios, el padre, el entusiasta. Ken no lo oculta: está orgulloso de su carrera, orgulloso de lo que Ferrari representa en su vida. No como un logro material, sino como la prolongación de un estado de ánimo basado en el trabajo duro, la exigencia y la pasión. Hoy, ya no se contenta con vivir este sueño. Lo comparte. Trabajar rodeado de estos coches, bajar al garaje, sentir todavía la emoción y, sobre todo, transmitírsela a su hija. En ese preciso momento, las lágrimas nunca faltan. "Es la culminación de muchos años de trabajo. Y ahora puedo compartirlo con ella.

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