Con sólo 31 años, esta mecánica compró su primer Ferrari: un Testarossa que usaría a diario.

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En el imaginario colectivo Ferrari Testarossa se asocia con los años 80, luces de neón, pósters de dormitorio y garajes con aire acondicionado en los que sólo se puede entrar con las zapatillas puestas. En Jay Leno's Garage, la historia es exactamente la contraria. Frente a Jay Leno, una joven llega con su Testarossa de 1987 para explicar tranquilamente que piensa usarlo a diario, desgastarlo, vivirlo y hacerle kilómetros.

Se llama Victoria Bruno. No es una coleccionista, ni una heredera. Es mecánica. Ferrari, Su especialidad son los coches antiguos, los que todavía huelen a aceite caliente y metal, aquellos en los que el diagnóstico se hace primero con el oído y los dedos. Sobre todo, tiene una idea muy simple: si amas un coche, lo conduces, no importa lo que piensen los demás.

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Deja de “soñar con Ferrari” y pasa a la acción

Victoria no cuenta la historia de un ascenso relámpago a la fama. Más bien habla de una trayectoria construida, casi metódica. Dice que volvió a estudiar a los 27 años y que lleva pocos años en el negocio. Su paso por el McPherson College, en Estados Unidos, es fundamental en su historia: formación orientada a la restauración de coches, con un enfoque práctico en mecánica, carrocería, metalistería, tapicería... en resumen, todo lo que convierte el sueño de un coche viejo en una habilidad real.

Y reivindica esta habilidad como una forma de libertad. Jay Leno lo resume a su manera: posee la moneda más preciada del viejo mundo: la capacidad de mantenerse y repararse a sí misma.

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Un Testarossa “dormido” durante años

El Testarossa que compra no es un coche perfecto. Y eso es precisamente lo que lo hace accesible e interesante. El coche ha tenido dos propietarios antes que ella, y el último lo habría conservado durante unos 23 años... recorriendo sólo unos 3.000 kilómetros en todo ese tiempo. El resultado es un Ferrari con muy poco kilometraje, pero que ha sufrido el peor enemigo de una máquina italiana: el inmovilismo. El coche llega con los signos típicos de un largo sueño: neumáticos originales, mucho mantenimiento aplazado, y esa sensación de que un simple reinicio no es suficiente, se necesita una revisión a fondo.

Aquí es donde la historia se pone interesante, porque Victoria no se limita a comprar un Testarossa: lo devuelve a la carretera. Habla de una revisión a fondo que ella misma llevó a cabo, con un trabajo que impresionó incluso a Jay Leno: desmontar la cuna para acceder correctamente al motor y sustituir lo que había que sustituir. Correas, juntas, mangueras, una nueva bomba de agua... y todo el reacondicionamiento necesario para volver a convertir el coche en una máquina fiable, no en una diva caprichosa. También reconstruyó los frenos e hizo reconstruir el alternador por especialistas. Ser mecánico no consiste sólo en saber dónde poner el tiempo, dónde poner el listón y cuándo confiar una pieza a quien le corresponde.

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Negro sobre negro

Visualmente, su Testarossa se aleja un poco de lo habitual: es negro sobre negro, lejos del cliché del rojo brillante. Y la cosa mejora: Victoria explica que su coche lleva llantas “Monodado”, con una tuerca central, un detalle que habla a los entusiastas y remite al ADN de competición. Incluso dice que aún conserva algunos objetos raros en el kit de herramientas, como la herramienta de apriete original.

Victoria rompe otro tópico: el de que un Ferrari es “demasiado complicado”. Para ella, todo es cuestión de tuercas y tornillos. Sistemas sencillos, si se abordan con método y confianza. Habla de la inyección mecánica (Bosch), de la distribución, etc., sin tratar nunca de impresionar.

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Su objetivo: 12.000 millas → 112.000 millas.

Compró el coche con unos 12.000 kilómetros y quiere llevarlo hasta los 112.000. Convertir un Testarossa en un Ferrari con mucho kilometraje, responsabilizarse de él, cuidarlo. Es casi como un manifiesto: negarse a ser sagrado, negarse a aceptar la idea de que un viejo supercoche deba permanecer inmóvil para ser “preservado”.

Cuando ves a una mecánica de 31 años (pronto cumplirá 32, dice) conduciendo un Testarossa negro, no para provocar, sino porque se lo ha ganado a fuerza de habilidad... es fácil entender por qué Jay Leno sonríe. No es sólo un Ferrari. Es un Ferrari con una vida. Y un dueño que decidió que la mejor forma de amarlo era conduciéndolo.

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